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viernes, 30 de enero de 2009

Sonidos del viento...

Los caminantes, avanzaban a través de esos terrenos que deseaban atraparles. Iban hacia un encuentro con la historia y la memoria, los recuerdos y el olvido, quienes los esperaban ansiosos para contarles aquello que tanto deseaban que volara entrelazándose al aire y los rayos del sol, quién los miraba atentamente en su lento caminar. Les esperaban unos ojos tan celestes como el cielo y más profundos que el mar. Ojos de la lejanía y del recuerdo, ensimismados en un letargo a veces tan agobiante como el calor que les rodeaba. Una voz que se escabullía entre el silencio buscaba un respiro, y quería contar lo que le había tocado vivir. Era a veces inaudible y otras tan clara como el agua del río que alguna vez corrió caudaloso por el valle. Una voz que venía desde tan adentro que a veces se vislumbraba hasta el alma del hombre con los ojos que reflejaban el cielo.

sábado, 13 de diciembre de 2008

El Viaje...

Imagino estas palabras como veloces imágenes que pasan dentro de mí y a un costado. Son hechos que están, y que no los vemos. O, la rutina, nos vuelve inmunes a los efectos de este torbellino, imparable acontecer; inagotables creadores son las relaciones sociales.

Subir al metro es entrar en un mundo en el que podemos vernos reflejados en el otro, ver nuestro cansancio y desgano en la señora del lado, o en esa mujer que me mira a través del espejo y que ni siquiera me doy cuenta de que soy yo misma.

Son relaciones sociales que se generan a través de burbujas en las cuales nos sumergimos, las que nos protegen del otro y de mí.Todo funciona bien, hasta que esa burbujas s emiran y chocan unas contra otras, el movimiento constante del vagón y de la vida social hace que este encuentro sea inevitable. Es ahñi donde vemos recién y nos hacemos concientes de lo que sucede. Un otro, que puede ser diferente a mí, pero que debe sortear los mismo balanceos y equilibrarse para no caer.

Son encuentros fugaces, de una estación a otra, acompañados de cientos de voces que suenan, diversos zapatos que suspiran por descanzar, dedos que buscan algo perdido para siempre, miradas que esperan descanzo en un recorrido despreocupado, inquieto o aletardante, este último dando paso al sueño y bostezo que va desde el principio al fin del vagón, bolsos y carteras y se abren en busca de un poco de luz.

SOn viajes de encuentro y desencuentro, y probablemente realicemos el mismo recorrido durante toda nuestra vida, pero nunca uno será igual al anterior ni al siguiente. El acceso al metro y su gran capacidad de retención de personas hace posible que cada uno de nosotros influya en el trayecto de una estación a otra, de distinta forma al niño de allá o del viaje que hice el mes anterior. Se produce una multiplicidad de colores, olores, formas, luces, temperaturas y seres. Viajan desordenadamente y buscan llegar a su destino.

En ciertos momentos llego a pensar que el tiempo se detiene. Casi ni percibimos el trayecto de un lugar a otro y sólo nos damos cuenta que hemos viajado la momento de vr el nombre de la estación y escuchar el sonido que nos avisa del cierre de puerte, alarma horrible que nos trae de vuelta al mundo que debemos seguir recorriendo. (debería ser más armónico, ya que su rudeza no ayuda a que volvamos a la rutina de una forma placentera). También he pensado sobre los usos que podemos dar al vagón. Unos lo usan de salón de lectura y otros para el sueño; algunos se observan en los reflejos de ventanas y puertas, otros se preocupan de mirar a los demás, y los más, simplemente,cierran sus mentes y se aislan hasta que algún elemento los saque de ese trance...

Nuestra presencia significa, en el momento en que estamos en él; puede ser veloz, de una estación a otra, pero tan significativa como si estuviésemos ahí queriendo permanecer.